martes, 26 de mayo de 2015

36. De un perro cualquiera.

Las circunstancias se agolpan tan deprisa que no somos capaces de pararnos a percibirlas.
A él se le amontonaron y tuvo que guardarlas, en cajas unas y en la memoria otras. El resto las vivió y las vive plenamente, sirviendo de nexo con el único camino que le conduce al oasis de manera correcta. Todo lo demás es un océano árido de mediocridad, conformidad y otras piedras rodadas y cegadas por el dolor.
Las circunstancias marcan de nuevo su presente y le salvan de un pasado que aún no le deja vivir en sintonía con el resto. Al perro apaleado de la esquina no le es fácil salir adelante entre manos que un día se intentaron aprovechar de su situación.
Dicho perro, se recupera ahora con todo a su favor, mientras se lame heridas ya curadas que su mente hace sangrar en un espejismo que nunca termina.
Escucha una música que jamás había conocido antes: Cálida y profunda le alcanzaba los oídos y le incitaba al placer de respirar aire puro, aguantarlo en los pulmones y hacer de cada suspiro el último suspiro.
Su misión ahora era recordar esa canción, cuidarla en su mente y darle cobijo el tiempo necesario para que él no olvide que no está solo y para que ella llene de nuevos acordes su historia.
Perro mojado, astillado y enfurecido, pero ahora valiente y en simbiosis con su medio, equipado para un duelo cara a cara con el que fue su dueño, con el único objetivo de la libertad, para disfrutarla con ese nuevo ritmo, con esa canción tersa y suave al tacto de sus sentidos más profundos.

El perro se convertirá en lobo, abandonará la ciudad y correrá lejos, olvidando la alcantarilla, la circunstancia perdida y los sueños de adoquín, para cambiarlos por algodón, mármol y teclas de piano.

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