lunes, 30 de noviembre de 2015

48. Vengan a mí.

Jamás comprenderé el amor de un convicto por sus rejas, de un esclavo por el señor que le da latigazos hasta el amanecer o de un ciudadano corriente por la sociedad que le ha obligado a ser un molde copiado del resto. Es este último caso el que más me sorprende y me apena pues, siendo conscientes de su estado, no hacen nada por frotarse los ojos y mirar más allá. Muchas veces he hablado de la cárcel mental de los individuos, uno a uno y no como sociedad. Ahora, con las herramientas que tenemos a nuestro alcance, el que sigue ciego es por elección propia, por acomodamiento, por haberse rendido. Y no aguanto a esa gente,  no por sus gustos, tremendamente relacionados con la masa consumista y con su condición, no por su faceta política, religiosa o social, también relacionadas en la inmensa mayoría de los casos con su condición, sino por esa misma condición que yo percibo, de rechazo a la vida real, de rechazo a la libertad y de orgullo por su mente cerrada, pequeña y hueca. No sé si será por la falta de madurez, porque son jóvenes y necesitan recibir más palos pero, desde luego, su ignorancia y pésimo gusto no tiene límites, sobre todo porque invierten en ese (negro) futuro. ¿Y quién soy yo para meterme en los asuntos del resto? Nadie. Antes me importaba, me molestaba, no lo entendía… Ahora sigo sin entenderlo con la diferencia de que ya ni me importa ni me molesta, tengo otras cosas más importantes en la que ocupar mi cabeza. Y, es que, uno nace pero también se puede hacer ya que, cuando no se dan las circunstancias adecuadas, uno tiene que buscárselas como sea antes de caer en el pozo de los que tiran su vida a la basura con mierda copiada y quemada.


Vengan a mí los luchadores, vengan a mí los que estén dispuestos a mirar más allá y dentro de sí mismos, vengan a mí los que anteponen sus credenciales y vengan a mí los que combaten  por romper su yugo y sus cadenas sin dejarse manipular. 

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